martes, 22 de octubre de 2013

Funcionalismo / Teoría del Capital Humano

La hipótesis central de la Teoría del Capital Humano es la de la productividad de la educación, demostrada por la rentabilidad de invertir en ella, tanto para las colectividades como para los individuos. El método más utilizado para demostrarla es el cálculo de los rendimientos privados o directos de las inversiones en educación, mediante la determinación de las diferencias de ingresos en el conjunto de la vida activa de individuos con distintos niveles de educación.

El creciente cambio tecnológico de la sociedad moderna requiere sucesivos "ejércitos" de especialistas y expertos. Al sistema educativo corresponde entrenarlos y seleccionarlos. Esto implica la expansión y especialización del sistema de enseñanza a la vez que un alto grado de rendimiento del mismo. De forma general, el argumento productivista, supone la idea de que, efectivamente, la escuela cualifica la mano de obra, en el sentido de suministrar a los alumnos y alumnas, capacidades necesarias para desempeñar futuros puestos de trabajo.

La educación no solo adquiere una relevancia de primer orden, sino que se hace instrumental y dependiente de la economía. El énfasis en la rentabilidad de la inversión en educación era una propuesta política en la que coincidían conservadores interesados en el crecimiento económico sin revoluciones y progresistas interesados en la igualdad social. En general, la expansión de la educación resultaba inobjetable desde cualquier punto de vista político y económico.

Sin embargo, si se considera a la fuerza de trabajo como un capital estamos aceptando que todos los miembros de una sociedad serían capitalistas, pues unos poseen el capital económico y otro el humano. De este modo, la responsabilidad por las desigualdades recae sobre cada individuo: cada cual tendrá el grado de capital humano resultado de la inversión en formación que haya acometido.

Por tanto, este planteamiento conseguiría que las posiciones sociales se distribuyeran de acuerdo al mérito y a la cualificación, conseguida a través de la educación formal. Además, asegurando que todo individuo tiene posibilidad de acceso a la misma y que estas capacidades intelectuales de las que se sirve están distribuidas al azar. Sin embargo, es comprobable que las sociedades llamadas avanzadas no son meritocráticas en realidad, ni la educación es el principal criterio de estratificación ni las posiciones sociales se distribuyen de acuerdo al mérito ni a la cualificación, sino que se tiende a reproducir la estratificación existente.

Además, el presupuesto utilitarista, presente en la Teoría del Capital Humano, ignora las circunstancias específicas que rodean al actor en cada caso, y que pueden afectarle psicológicamente a la hora de tomar la decisión sobre la continuación de sus estudios o en situaciones académicas más concretas y cotidianas –como el estudiar más o menos para un examen-. Por tanto, estas teorías economicistas no atienden en ningún caso al contexto socioeconómico de los actores ni a las dificultades o no en el proceso de aprendizaje.

En mi opinión, utilizar la educación exclusivamente como medio para acceder al mundo laboral, para producir riqueza al país, como un elemento productivo, es una teoría errónea. Si no damos valor en sí misma a la educación, nunca será un elemento que origine cambios sociales estructurales. En la actualidad estas corrientes economicistas sociológicas están desfasadas, entre otros motivos porque en las últimas décadas se ha comprobado que cuando un país tiene una riqueza determinada su inversión en educación no conlleva de facto un aumento del PIB. Pero esta situación parece lógica ya que la riqueza de un país no puede crecer indefinidamente, no tiende al infinito. Por tanto, ni es una teoría que atienda a todos los factores económicos ni del mismo modo lo hace con los sociológicos ni con los educativos.


El objetivo del aprendizaje nunca debe ser exclusivamente la productividad que en el futuro pueda generar. Una teoría economicista y utilitarista de la educación tenderá al fracaso, pues su fin no será generar ciudadanos y ciudadanas con una capacidad crítica sino crear “máquinas” que lleven a cabo las tareas que el capitalismo necesita para que persistan las desigualdades, base primaria del liberalismo económico.



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