La hipótesis central
de la Teoría del Capital Humano es la de la productividad de la educación,
demostrada por la rentabilidad de invertir en ella, tanto para las
colectividades como para los individuos. El método más utilizado para
demostrarla es el cálculo de los rendimientos privados o directos de las
inversiones en educación, mediante la determinación de las diferencias de
ingresos en el conjunto de la vida activa de individuos con distintos niveles
de educación.
El creciente
cambio tecnológico de la sociedad moderna requiere sucesivos
"ejércitos" de especialistas y expertos. Al sistema educativo
corresponde entrenarlos y seleccionarlos. Esto implica la expansión y
especialización del sistema de enseñanza a la vez que un alto grado de
rendimiento del mismo. De forma general, el argumento productivista, supone la
idea de que, efectivamente, la escuela cualifica la mano de obra, en el sentido
de suministrar a los alumnos y alumnas, capacidades necesarias para desempeñar
futuros puestos de trabajo.
La educación no
solo adquiere una relevancia de primer orden, sino que se hace instrumental y dependiente de la economía. El
énfasis en la rentabilidad de la inversión en educación era una propuesta
política en la que coincidían conservadores interesados en el crecimiento económico
sin revoluciones y progresistas interesados en la igualdad social. En general,
la expansión de la educación resultaba inobjetable desde cualquier punto de
vista político y económico.
Sin embargo, si
se considera a la fuerza de trabajo como un capital estamos aceptando que todos
los miembros de una sociedad serían capitalistas, pues unos poseen el capital
económico y otro el humano. De este modo, la responsabilidad por las
desigualdades recae sobre cada individuo: cada cual tendrá el grado de capital
humano resultado de la inversión en formación que haya acometido.
Por tanto, este
planteamiento conseguiría que las posiciones sociales se distribuyeran de
acuerdo al mérito y a la cualificación, conseguida a través de la educación
formal. Además, asegurando que todo individuo tiene posibilidad de acceso a la
misma y que estas capacidades intelectuales de las que se sirve están
distribuidas al azar. Sin embargo, es comprobable que las sociedades llamadas
avanzadas no son meritocráticas en realidad, ni la educación es el principal
criterio de estratificación ni las posiciones sociales se distribuyen de
acuerdo al mérito ni a la cualificación, sino que se tiende a reproducir la
estratificación existente.
Además, el
presupuesto utilitarista, presente en la Teoría del Capital Humano, ignora las
circunstancias específicas que rodean al actor en cada caso, y que pueden
afectarle psicológicamente a la hora de tomar la decisión sobre la continuación
de sus estudios o en situaciones académicas más concretas y cotidianas –como el
estudiar más o menos para un examen-. Por tanto, estas teorías economicistas no
atienden en ningún caso al contexto socioeconómico de los actores ni a las
dificultades o no en el proceso de aprendizaje.
En mi opinión,
utilizar la educación exclusivamente como medio para acceder al mundo laboral,
para producir riqueza al país, como un elemento productivo, es una teoría
errónea. Si no damos valor en sí misma a la educación, nunca será un elemento
que origine cambios sociales estructurales. En la actualidad estas corrientes
economicistas sociológicas están desfasadas, entre otros motivos porque en las
últimas décadas se ha comprobado que cuando un país tiene una riqueza
determinada su inversión en educación no conlleva de facto un aumento del PIB.
Pero esta situación parece lógica ya que la riqueza de un país no puede crecer
indefinidamente, no tiende al infinito. Por tanto, ni es una teoría que atienda
a todos los factores económicos ni del mismo modo lo hace con los sociológicos ni con los educativos.
El objetivo del
aprendizaje nunca debe ser exclusivamente la productividad que en el futuro
pueda generar. Una teoría economicista y utilitarista de la educación tenderá
al fracaso, pues su fin no será generar ciudadanos y ciudadanas con una
capacidad crítica sino crear “máquinas” que lleven a cabo las tareas que el
capitalismo necesita para que persistan las desigualdades, base primaria del
liberalismo económico.

No hay comentarios:
Publicar un comentario